Estás viendo un día distinto al de hoy.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén
El Rosario hunde sus raíces en una práctica monástica medieval: los monjes recitaban los 150 salmos, y los hermanos legos que no sabían leer los sustituían rezando 150 Padrenuestros o Avemarías, contados con cuentas ensartadas en un cordón llamado «paternoster». Esta costumbre está documentada desde el siglo XII entre cistercienses y otras órdenes religiosas.
La tradición dominicana, difundida especialmente por el beato Alano de la Roca en el siglo XV, atribuye el origen del Rosario a una aparición de la Virgen María a Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) en Toulouse, mientras predicaba contra la herejía albigense, pidiéndole que difundiera esta oración como arma espiritual.
A lo largo de la Edad Media la devoción se fue consolidando, hasta que en 1569 el papa san Pío V, mediante la bula Consueverunt Romani Pontifices, fijó la estructura del Rosario en tres series de cinco misterios: gozosos, dolorosos y gloriosos.
Tras la victoria de la flota cristiana en la batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, atribuida a la intercesión de la Virgen invocada mediante el rezo del Rosario, Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria. El papa Gregorio XIII la renombró después como la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, que la Iglesia celebra cada 7 de octubre.
En el siglo XIX, el papa León XIII impulsó intensamente esta devoción a través de numerosas encíclicas marianas. En 1917, las apariciones de la Virgen en Fátima, donde pidió el rezo diario del Rosario, reforzaron aún más su difusión en todo el mundo (de ahí procede la oración añadida al final de cada misterio, conocida como «oración de Fátima»).
Finalmente, el 16 de octubre de 2002, san Juan Pablo II, en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, añadió los cinco Misterios Luminosos —dedicados a la vida pública de Jesús—, completando así los veinte misterios que se contemplan actualmente, y proclamó ese año como el «Año del Rosario».
Fuentes: Rosarium Virginis Mariae, Juan Pablo II (16-X-2002), Santa Sede — vatican.va; «Historia del Santo Rosario» — EWTN; «Historia del Santo Rosario», Orden de Predicadores — dominicos.org; «Bienaventurada Virgen María del Santísimo Rosario» — Vatican News.
Helena Kowalska nació en 1905 en Głogowiec (Polonia), en una familia campesina numerosa y de escasos recursos. A los veinte años ingresó en la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, donde tomó el nombre de sor Faustina. Pasó su corta vida religiosa en tareas humildes —portera, cocinera, jardinera— procurando pasar desapercibida, mientras vivía una intensa vida interior de unión con Dios.
A partir de 1931 Jesús comenzó a manifestársele en una serie de revelaciones místicas que ella, por indicación de sus confesores, fue anotando con detalle en un cuaderno personal, conocido hoy como su Diario: La Divina Misericordia en mi alma. El mensaje central que recibió era sencillo pero revolucionario para la espiritualidad de su tiempo: la misericordia de Dios es mayor que cualquier pecado, y ningún alma debe desesperar de alcanzarla.
En una de esas visiones pidió también que se pintara una imagen de Cristo tal como se le había aparecido —vestido de blanco, con dos rayos, uno pálido y otro rojo, saliendo de su pecho— con la inscripción «Jesús, en Ti confío». El cuadro fue realizado en 1934 en Wilno (Vilnius) bajo la dirección de su confesor, el beato padre Miguel Sopoćko.
La noche del 13 al 14 de septiembre de 1935, también en Wilno, sor Faustina tuvo una visión de un ángel enviado a castigar una ciudad por sus pecados; al interceder por ella, escuchó interiormente las palabras que dan forma a la Coronilla tal como se reza hoy: una oración de súplica que ofrece a Dios Padre el sacrificio de su Hijo para alcanzar misericordia sobre el mundo entero.
Sor Faustina murió de tuberculosis en Cracovia el 5 de octubre de 1938, con solo 33 años. Tras su muerte, una traducción deficiente de su Diario provocó que la Santa Sede prohibiera en 1959 la difusión de esta devoción en la forma en que ella la había propuesto. La prohibición se mantuvo casi veinte años, hasta que, a petición del cardenal Karol Wojtyła —entonces arzobispo de Cracovia—, la Congregación para la Doctrina de la Fe revisó el caso y levantó la restricción el 15 de abril de 1978.
Aquel mismo cardenal, ya como papa san Juan Pablo II, beatificó a Faustina Kowalska el 18 de abril de 1993 y la canonizó el 30 de abril de 2000 —la primera canonización del nuevo milenio—, instituyendo ese mismo día la fiesta de la Divina Misericordia para toda la Iglesia, fijada el domingo siguiente a la Pascua. También pidió que, en los nueve días previos a esa fiesta, se rezara la Coronilla como novena por intenciones concretas cada día.
Hoy es una de las devociones más extendidas del catolicismo contemporáneo, rezada especialmente los viernes y a las tres de la tarde —la «Hora de la Gran Misericordia», en memoria de la muerte de Jesús en la cruz—, además de en la novena y la fiesta de la Divina Misericordia.